TU
EXTRAÑA MANERA DE AMAR
Poema de un amor que llega como diciembre y se marcha sin despedirse.
Extraña…
Pasional…
Pero después… ya no estás.
Absoluto…
Pero aprenderé.
¿No te das cuenta?
TU
EXTRAÑA MANERA DE AMAR
Extraña…
Pasional…
Pero después… ya no estás.
Absoluto…
Pero aprenderé.
¿No te das cuenta?
NO SÉ…
Romance de
un amor en la encrucijada
No sé si más me duele
perderte por los caminos,
o verte pasar, tan cerca,
con el corazón perdido.
No sé si
más me lastima
borrar tus pasos del río,
o soñar que alguna tarde
volverás a estar conmigo.
La luna
guarda mi pena,
la noche sabe mi sino;
hay un silencio de piedra
durmiendo sobre tus labios.
No sé si
más me atormenta
tu silencio, frío y largo,
o pronunciar tu nombre
y despertar lo callado.
¡Ay,
corazón, no preguntes
lo que responde el destino!
Que hay amores que son fuego
y arden sin dejar caminos.
Si te
olvido, me haces falta;
si te espero, me marchito.
Si te llamo, tengo miedo;
si no te llamo, te sigo.
Y en esta
noche sin luna,
con mi deseo cautivo,
le pregunto al viento oscuro,
que va llorando en los olivos:
¿Duele más
cerrar la puerta
o vivir frente al umbral?
¿Dejar morir la esperanza
o llamarte una vez más?
No sé…
Y el
corazón, entre sombras,
sigue preguntando al río;
el agua se lleva el tiempo,
pero no lo que he sentido.
…Y nos reencontraremos
después de treinta años,
cuando el tiempo,
ese viejo caminante,
haya dejado sus huellas
sobre nuestros rostros.
Tú tendrás
setenta y cinco primaveras,
y yo,
setenta y tres abriles
florecidos en la memoria.
Y al mirarnos,
quizás el tiempo se detenga,
como si nunca hubieran existido
aquellos años
que nos alejaron.
Yo tomaré tus manos
entre las mías,
las mismas manos
que alguna vez soñé tocar
cuando éramos apenas
dos muchachos
aprendiendo a quererse.
Y temblarán mis dedos,
no por los años,
sino por la emoción
de encontrarte nuevamente.
Entonces,
por mi rostro surcado
por caminos de experiencia,
descenderán lentamente
dos lágrimas de cristal…
No serán de tristeza,
serán dos pequeñas estrellas
que escaparon de mis ojos
para celebrar
que finalmente
has vuelto.
Tú me mirarás
con aquella ternura
que mi memoria
jamás consiguió olvidar,
y quizás me digas,
con esa voz
que el tiempo no pudo borrar:
—Luces encantadora,
mi Princesa bella…
aún te amo.
Y yo sonreiré,
con el corazón lleno
de todos los años
que te esperé,
y acercándome a ti
te susurraré:
—Mi amor bonito…
yo también te sigo amando.
Entonces comprenderemos
que hay amores
que no envejecen,
que pueden dormir
treinta años
en el silencio de la distancia,
pero despiertan
con un abrazo,
con una mirada,
con el roce de unas manos,
y vuelven a florecer
como si el tiempo
nunca hubiera pasado.
Y aquella tarde,
cuando nuestros cabellos
lleven la nieve de los años,
nuestros corazones
seguirán siendo aquellos dos
que una vez se amaron…
Porque hay
historias
que no terminan con un adiós;
solo esperan…
VOLVERÁ
No obstante…
no lo pronuncia,
no se atreve a decirlo,
pero su mirada lo confiesa,
lo grita en silencio,
lo susurra sin palabras.
Y mi corazón lo predice,
porque el corazón,
cuando ama de verdad,
tiene sus propios presagios
y jamás se equivoca.
Volverá…
Retornará desde cualquier lugar,
desde cualquier camino,
desde cualquier distancia
que hoy pretenda separarnos.
Volverá con sus recuerdos
guardados en los bolsillos del alma,
con el eco de mis besos
dormido entre sus labios
y mi nombre
escondido en algún rincón de su memoria.
Y cuando regrese,
mi alma lo recibirá
con los brazos abiertos,
como la tierra recibe la lluvia
después de una larga sequía.
Lo abrazaré…
y ya no lo volveré a dejar.
Porque esta vez
no habrá caminos que nos alejen,
ni relojes que nos separen,
ni silencios capaces
de apagar lo que sentimos.
Y en pacto se va a quedar.
Se quedará
como se queda la luna
abrazada a la noche,
como se queda el perfume
en los pétalos de una rosa,
como se queda el mar
besando eternamente la orilla.
Vuelve pronto,
mi amor bonito…
Vuelve,
que mi corazón tiene la puerta abierta
y mi alma pronuncia tu nombre
cada vez que suspira.
Quiero volver a ser feliz,
quiero volver a tus brazos,
volver a tu mirada,
volver a ese instante
en que el mundo parecía detenerse
solo para contemplarnos.
No te detengas…
ni por un ratito.
No hagas esperar al amor
que todavía te aguarda.
Porque aquí estoy…
esperándote.
Y aunque nadie pueda escucharlo,
mi corazón sigue repitiendo
con la certeza de una oración:
¡VOLVERÁ!
Y cuando vuelva…
tal vez descubramos
que nunca estuvimos realmente lejos,
porque hay amores
que pueden caminar por el mundo,
perderse entre los años
y cruzar infinitas distancias…
pero siempre encuentran
el camino de regreso
a donde alguna vez
fueron felices.
EL EQUIPO GANA
“Tranquila, Princesa…
el equipo gana”.
Era tu frase favorita,
la que escapaba de tu boca
como una promesa vestida de esperanza,
como un faro encendido
en medio de nuestras dudas.
“El equipo gana…”
Y yo te creía.
Te creía
porque tus palabras
parecían construir puentes
donde la vida levantaba muros;
porque tu voz
me tomaba de la mano
y me hacía pensar
que juntos éramos invencibles.
Pero un día pregunté:
¿El equipo triunfó?
¿Dónde está la victoria
que tantas veces anunciamos?
¿Dónde quedó
ese sueño que defendimos
con el corazón entre las manos?
¿Dónde está nuestro trofeo?
¿Dónde la medalla
de aquel amor que prometía
llegar a la meta?
Busqué el galardón
entre nuestros recuerdos,
entre tus palabras,
entre mis lágrimas…
y no lo encontré.
Nunca vi
nuestro premio,
nuestra copa,
nuestra bandera ondeando
sobre la cima de aquel sueño.
Quizás perdimos el partido
antes de escuchar el silbato final.
Quizás fuimos dos jugadores
en un mismo campo,
pero con destinos diferentes.
Y ahora comprendo
que algunas veces
el equipo no gana…
aunque haya luchado,
aunque haya soñado,
aunque haya amado.
Y me queda aquella frase
dando vueltas en mi memoria,
como un eco que se niega a morir:
“Tranquila, Princesa…
el equipo gana”.
Pero dime…
¿Dónde quedó la victoria?
Porque yo todavía sigo esperando
nuestro galardón…
ese trofeo invisible
que algún día soñamos
levantar juntos.
LÁGRIMAS
Rodaron por
tus mejillas,
silenciosas,
cristalinas,
como dos gotas de cielo
que, cansadas de habitar las nubes,
decidieron caer sobre tu rostro.
Las besé…
y tenían el sabor dulce de la miel,
aunque nacían del dolor.
Eran
lágrimas del alma,
pequeños cristales de tristeza
que escapaban de tus ojos
porque tu corazón
ya no podía contenerlos.
Desconsolada…
lloré contigo
y te abracé fuerte,
como si mis brazos pudieran
recoger tus pedazos
y devolverle calma a tu corazón.
Entonces,
me dijiste musitando al oído,
con la voz quebrada
por tantas palabras no dichas:
“Yo también
sufro, Princesa…
mírame…
estoy destrozado”.
Y te miré…
Viajé a
través de tus ojos,
crucé sus profundidades
como quien navega
por un mar de recuerdos,
y allí, en el fondo de tu mirada,
vislumbré tu alma:
abrumada,
confundida,
herida por los caminos
que la vida había puesto
entre nosotros.
Y
comprendí…
que hay
amores
que llegan para quedarse,
aunque no puedan quedarse juntos;
que existen
abrazos
que duran un instante
y, sin embargo,
se quedan viviendo
para siempre en la memoria;
que hay
lágrimas
que no son despedidas,
sino la manera que tiene el corazón
de decir:
“Te amo…
aunque la vida
no me permita tenerte”.
Y entonces
entendí
que quizás…
no lograríamos estar juntos,
pero que
nuestros corazones,
esos que alguna vez
se reconocieron entre la multitud,
seguirían pronunciándose en silencio
a través de los años.
Porque hay
amores
que no necesitan una casa,
ni un tiempo,
ni siquiera un mañana…
les basta
con haber sido verdaderos.
Y quizás,
solo quizás,
tú y yo seremos eso:
dos almas
que no pudieron caminar juntas,
pero que se amaron
toda la vida.