…Y nos reencontraremos
después de treinta años,
cuando el tiempo,
ese viejo caminante,
haya dejado sus huellas
sobre nuestros rostros.
Tú tendrás
setenta y cinco primaveras,
y yo,
setenta y tres abriles
florecidos en la memoria.
Y al mirarnos,
quizás el tiempo se detenga,
como si nunca hubieran existido
aquellos años
que nos alejaron.
Yo tomaré tus manos
entre las mías,
las mismas manos
que alguna vez soñé tocar
cuando éramos apenas
dos muchachos
aprendiendo a quererse.
Y temblarán mis dedos,
no por los años,
sino por la emoción
de encontrarte nuevamente.
Entonces,
por mi rostro surcado
por caminos de experiencia,
descenderán lentamente
dos lágrimas de cristal…
No serán de tristeza,
serán dos pequeñas estrellas
que escaparon de mis ojos
para celebrar
que finalmente
has vuelto.
Tú me mirarás
con aquella ternura
que mi memoria
jamás consiguió olvidar,
y quizás me digas,
con esa voz
que el tiempo no pudo borrar:
—Luces encantadora,
mi Princesa bella…
aún te amo.
Y yo sonreiré,
con el corazón lleno
de todos los años
que te esperé,
y acercándome a ti
te susurraré:
—Mi amor bonito…
yo también te sigo amando.
Entonces comprenderemos
que hay amores
que no envejecen,
que pueden dormir
treinta años
en el silencio de la distancia,
pero despiertan
con un abrazo,
con una mirada,
con el roce de unas manos,
y vuelven a florecer
como si el tiempo
nunca hubiera pasado.
Y aquella tarde,
cuando nuestros cabellos
lleven la nieve de los años,
nuestros corazones
seguirán siendo aquellos dos
que una vez se amaron…
Porque hay
historias
que no terminan con un adiós;
solo esperan…











