jueves, 17 de septiembre de 2026

Reinvéntame

 




Te invito
a reinventarme,
a descubrirme nuevamente
como quien abre un libro
y encuentra entre sus páginas
un secreto que aún no termina de escribirse.

Te convido
a quererme,
a pronunciar mi nombre
con la ternura de quien acaricia
una flor recién nacida.

Te instigo
a decirme,
con la voz estremecida del deseo,
que soy la mujer de tu vida.

Reinvéntame,
reiníciame,
rescátame del silencio,

porque estoy inhibida,
dormida entre mis propios sueños,
esperando que tus ojos
enciendan nuevamente la luz.


Contémplame
mientras sucede el milagro,
mientras mi piel aprende
el idioma de tus miradas.

Y observa mi metamorfosis:

cómo la mujer que fui
se desprende lentamente de sus sombras
para convertirse en mariposa,
en primavera,
en fuego,
en deseo.

Floreceré para ti,
radiante y fresca,
hermosa como el amanecer
cuando el sol, enamorado del horizonte,
besa lentamente el mar.

Exclámame:
—¡Eso me gusta!—

Y deja que tu voz
sea música sobre mi piel.

Ordéname,
pero hazlo susurrando:

—Bésame…
acaríciame…
sigue…

Y que tus manos
sean caminos secretos
que mi cuerpo quiera recorrer,
senderos de ternura
que conduzcan hasta el infinito.


Déjame perderme
en el centro de tu universo,
mientras tú saboreas en tus labios
el dulce vértigo de este encuentro.

Que nuestras bocas
hablen sin palabras,
que nuestras miradas
digan lo que el silencio calla,
y que nuestros cuerpos
aprendan nuevamente
la antigua danza del amor.

Entonces,
en una sola respiración,
tú conmigo
y yo contigo,
seremos dos ríos
que olvidaron sus nombres
para encontrarse en el mismo mar.

Y nos dejaremos ir…

sin relojes,
sin distancias,
sin pasado,
sin mañana.

Hasta que el deseo
se vuelva silencio,
hasta que el silencio
se vuelva calma,
hasta que la noche
nos arrulle entre sus brazos.

Cansados, plenos,
embriagados de ternura,
despertaremos de nuestro ensueño
como dos viajeros
que acaban de regresar
del país secreto de los amantes.

Y amaneceremos
sobre una playa desierta,
con el océano como testigo
y el cielo como cómplice.

Contemplaremos nuestros cuerpos
despojados de miedos,
vestidos únicamente
con la desnudez de la confianza.

Y mientras el sol
dibuje dorados caminos sobre la arena,
sellaremos nuestros labios
con un juramento:

volver a reinventarnos,
volver a encontrarnos,
volver a elegirnos,
una y otra vez…

Porque quizá amar
no sea encontrarse una sola vez,
sino tener el valor
de reinventarse juntos
cada vez que el corazón
vuelva a pronunciar
nuestros nombres.








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