Como
dos volcanes que despiertan,
se alzaban ante tu mirada,
dos lunas tibias, palpitantes,
por el deseo iluminadas.
Tus manos
llegaron despacio,
como quien toca un territorio sagrado;
y en la tibieza de tus caricias
mi piel aprendió a decir tu nombre.
Había en
nosotros un fuego antiguo,
una sed sin prisa ni medida,
y cada roce encendía
otra manera de sentir la vida.
Mis senos,
pequeños universos,
se entregaban al temblor de tus manos;
tú los recorrías con ternura,
como si fueran dos secretos humanos.
Y mientras
la noche nos cubría,
la pasión crecía sin hacer ruido;
tu boca buscaba mi piel
y mi cuerpo respondía al latido.
Entonces
comprendí que el deseo
también puede ser una forma de ternura:
un lenguaje hecho de silencios,
de piel, de besos y de locura.
Y allí,
entre tus manos y las mías,
sin más horizonte que la noche,
mis senos dejaron de ser solamente cuerpo:
fueron la memoria encendida
de una pasión que todavía nos nombra.


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