Alborada para mi
Princesa
Amaneció
Y en el cristal aún tembloroso de la lluvia
tu recuerdo descendió como una bendición silenciosa,
tan puro, tan sereno,
que hasta el bullicio del mundo pareció inclinar la frente
para no perturbar el milagro de pensarte.
La jornada abrió
sus puertas
con el afán cotidiano de los hombres;
mas yo caminaba por otro sendero,
porque llevaba tu nombre
como quien guarda una lámpara encendida
en el templo secreto del corazón.
Entonces tomé el
humilde mensajero de estos tiempos
y envié hacia ti
la ofrenda sencilla de mi amanecer:
unas palabras nacidas del rocío,
un suspiro vestido de esperanza,
una caricia hecha de tinta invisible.
El silencio
respondió.
No llegó la señal,
ni apareció la palabra esperada.
Y, sin embargo,
sonreí.
Porque hay
silencios
que saben pronunciar el nombre del amor
con mayor elocuencia que todas las voces.
¿Lo recibiste?
Mi alma respondió:
«Sí.»
¿Lo leíste?
El corazón
contestó:
«Desde antes de que fuera escrito.»
¿Sonreíste?
La mañana entera
floreció para decirme:
«Sin la menor duda.»
¿Te gustó?
¡Oh, mi princesa!
Si cada palabra que te envío
es apenas una hoja desprendida
del árbol inmenso de mi ternura.
Y si algún día me
dices,
con esa gracia que hace reír a los ángeles:
—«Estás llenando la
memoria de mi celular»—
yo habré de
responderte,
con la serena alegría de quien nada teme:
—Tal vez…
Pero la memoria de
tu alma
hace ya mucho tiempo
que decidió guardar mi nombre.
Y allí,
donde no existen el olvido,
ni la distancia,
ni el tiempo,
seguiré enviándote,
uno,
dos,
tres,
y todos los mensajes
que el amor sea capaz de inventar.
Porque amarte
es la manera más hermosa
que ha encontrado mi corazón
de darle gracias a cada amanecer.


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