Cada suspiro buscaba tus labios
Cuarenta
años no pudieron borrar
el primer latido del corazón.
Tenía
apenas dieciséis abriles,
y tú, diecisiete primaveras;
éramos dos miradas silenciosas
aprendiendo el idioma del amor.
Jamás
pronunciamos un "te quiero",
porque el destino escribía despacio;
mi padre custodiaba mis sueños
y el tiempo vigilaba nuestros pasos.
Entonces, fui sembrando tu recuerdo
en las páginas tímidas de un diario;
cada letra llevaba tu nombre,
cada suspiro buscaba tus labios.
Hasta que
un día supe de tu partida,
como quien escucha llorar al viento.
Con manos temblorosas te escribí
la primera carta de mi vida.
No hubo
flores...
no hubo promesas...
solo un mensaje
que atravesó mi juventud.
Y me
esperaste
donde el silencio conversa con la eternidad,
junto a la tumba de tu padre.
Allí,
entre el respeto y la nostalgia,
nació el beso más puro
que han guardado mis recuerdos.
Fue
breve...
tan breve
como el vuelo de una mariposa;
pero eterno,
como las estrellas que nunca dejan de brillar.
Después...
la vida siguió su camino.
Los años
levantaron ciudades,
los calendarios cambiaron de nombre,
las estaciones envejecieron despacio,
y nosotros aprendimos
a vivir en mundos diferentes.
Jamás una
llamada.
Jamás una fotografía.
Jamás un mensaje.
Solo el
recuerdo...
ese compañero fiel
que nunca pidió permiso para quedarse.
Y hoy,
cuando ya habían pasado
cuarenta largos años,
el destino volvió a escribir nuestro nombre
en la misma página del tiempo.
Te vi.
Y el
corazón,
ese viejo soñador,
reconoció tu mirada
antes que mis propios ojos.
Nos
abrazamos
como quienes saludan
a un capítulo inolvidable de la vida.
No hicieron
falta explicaciones.
Tus ojos
hablaron
con el mismo idioma
que entendían cuando éramos adolescentes.
Mi alma
sonrió en silencio.
Luego
Un beso en
la mejilla...
una palabra sencilla:
Adiós.
Y, sin
embargo,
aquel adiós
no tuvo sabor de despedida.
Fue la
confirmación
de que existen amores
que no necesitan pertenecer
para permanecer.
Porque hay
personas
que no envejecen en el corazón.
Se quedan
viviendo
en el rincón donde nacen
los primeros sueños,
los primeros latidos,
las primeras ilusiones.
Hoy
comprendí
que el verdadero amor
no siempre es el que permanece a nuestro lado.
A veces,
es aquel que el tiempo
jamás consigue borrar.
Y si alguna
vez
la memoria vuelve a reunirnos
en cualquier esquina de la vida,
volveré a
mirarte
con la misma dulzura
de aquella muchacha
que un día se atrevió
a escribirte una carta de amor.
Porque
existen besos
que duran un instante...
y existen
amores
que viven
para siempre.


No hay comentarios:
Publicar un comentario